La aventura de los archivos

Àngels Suquet Fontana

Directora del Archivo Municipal de Sant Feliu de Guíxols y profesora de ESAGED

Imagen procedente de la página web El rincón del viejo archivero de Andrés Samudio: http://www.elviejoarchivero.com/

Imagen procedente de la página web “El rincón del viejo archivero” de Andrés Samudio: http://www.elviejoarchivero.com/

“Tras largas horas de intensa búsqueda entre los millares de manuscritos que componen su archivo, el viejo comienza a escribir con sus manos temblorosas: ¡Salud aventureros! Ante la avalancha de peticiones lastimeras y conmovedoras, algunas hechas desde los tiempos inmemoriales, he decidido ofreceros mi humilde ayuda.”

Con estas palabras inauguraba Andrés R. Samudio, un auténtico referente del videojuego en España, su sección “El viejo archivero” en la revista MicroHobby. En esta sección, que anteriormente se había denominado “El mundo de la Aventura”, se resolvían las dudas planteadas por los lectores aficionados a los juegos de aventura conversacional. En ella, el autor desempeñaba el papel de un anciano cascarrabias y celoso de su sabiduría el cual, accediendo a compartir su experiencia, enganchó a un buen número de aficionados e incluso convirtió en seguidores suyos a algunos profanos. “El Viejo Archivero” empezó en diciembre de 1987 y se mantuvo hasta enero de 1992, que se publicó el último número de la revista. El Viejo Archivero encarna el poder que, en la sociedad, se percibe que tienen los profesionales de los archivos para conceder el acceso a la información así como su capacidad para resolver peticiones y consultas. Aunque en la caracterización de este personaje se reúnen algunos tópicos acerca de nuestra profesión, cuenta con mi simpatía puesto que su actitud es positiva. En realidad, es benévolo y presta su ayuda a quien se la pide. La asociación de la archivística con la resolución de videojuegos me parece un recurso ocurrente.

También en la literatura encontramos obras en las que el hilo argumental se teje entorno al acceso a la información y al papel que en él se cree que pueden tener los archiveros. En El archivero de Martha Cooley, Matthias Lane es archivero en una universidad norteamericana y tiene bajo su responsabilidad las 1.131 cartas que se escribieron entre 1930 y 1956 el poeta y premio Nobel de Literatura T. S. Eliot y Emily Hale, profesora y actriz, amante y musa secreta del escritor, cuya primera esposa estuvo internada en un manicomio durante diez años (hasta su muerte). Cuando Roberta Spire, estudiante, quiere estudiar el contenido de esta correspondencia, el archivero se llega a plantear “Yo sabía que las cartas de Eliot a Emily no constituían un legado que hubiera hecho él (…). Lo que él nos legó fue su poesía. Era lo único que importaba. Lo demás no era de nuestra incumbencia.”

La novela de intriga El archivero de la Lubianka de Travis Holland, en cambio, trata sobre la represión que pueden ejercer los estados dictatoriales y sobre cómo se eliminan personas y documentos que pueden resultar molestos por ser contrarios a un régimen político. Pável Dubrov es un antiguo profesor de literatura que trabaja en el cuartel general y prisión de la policía política rusa en la plaza Lubianka de Moscú. Dubrov se ocupa de los expedientes de los escritores que son detenidos durante la Gran Purga de Stalin. Su trabajo consiste en comparar sus obras con los documentos que obran en los expedientes para proceder luego a su eliminación en hornos crematorios. Algo cambia, cuando Dubrov se encuentra con el expediente de investigación número 419, correspondiente al periodista, escritor y dramaturgo Isaak Emanuílovich Bábel. Entonces decide empezar a poner a salvo algunas obras para preservarlas de la barbarie, aunque en su empeño arriesgue su vida.

Parece, pues, que el acceso a la información es un motivo interesante para el gran público, pero además resulta que es un tema de gran actualidad. Hoy en día el acceso a la información constituye un derecho básico para los ciudadanos. Por suerte, para la gran mayoría de personas resultan condenables las prácticas de censura y ocultación de información por parte de los estamentos que detentan el poder. Sin embargo, como profesional, encuentro preocupante que aún pueda existir la percepción de que los archiveros actúan con arbitrariedad o subjetividad en la conservación y acceso a la documentación. La Ley de archivos y documentos, de 13 de julio de 2011, debía suponer un gran avance en todos los sentidos. Lamentablemente sus aportaciones no se tuvieron suficientemente en cuenta en la elaboración de la Ley de transparencia, acceso a la información pública y buen gobierno aprobada por el Parlamento catalán el 29 de diciembre de 2014 y que debería servir para recuperar la confianza de los ciudadanos en el Gobierno y en las administraciones públicas. Sería conveniente, pues, que el Parlament aplicara debidamente lo que establece dicha ley, empezando por la correcta constitución de la Comisión de Garantía del Derecho de Acceso a la Información, incluyendo técnicos en archivos y en gestión documental junto a los juristas. Hay aspectos que son clave para conseguir que esta aventura tenga un buen desenlace.

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