La destrucción consentida de la memoria

Remei Perpinyà Morera

Dra. en Historia, profesora de la Universidad Autónoma de Barcelona y de la ESAGED

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No nos han llegado todos los documentos que se han producido a lo largo de los siglos, puesto que muchos de ellos se han perdido. A menudo las causas han sido fortuitas (incendios, inundaciones), pero en ocasiones han sido motivadas por el empeño de personas, gobiernos y sociedades en destruir aquellos que pudieran perjudicarlos para modelar unos archivos hechos a medida del recuerdo que se quiere dejar o del olvido que se quiere propiciar.

Un caso de destrucción bien documentado es el ocurrido en Grecia con los archivos de la Seguridad Nacional, no sólo de la época de la dictadura de los coroneles (1967-74) sino también anterior (desde su creación en 1925). Esta gestión de la memoria del pasado ejemplifica un modelo opuesto al introducido en la Alemania democrática después de la caída del muro en 1989. Alemania ha conservado casi en su totalidad la documentación de la policía política (Stasi) de la extinta República Democrática Alemana y, además, ha propiciado una gestión y política de acceso ejemplar: ha permitido depurar responsabilidades de la represión, compensar a sus victimas y preservar los testimonios históricos para la consulta de investigadores futuros.

En el caso de Grecia, los archivos de la seguridad nacional fueron conservados al inicio de la transición democrática por el gobierno del PASOK (Movimiento Socialista Panhelénico), en el poder desde 1981, lo que permitió implantar medidas de reparación a las víctimas de la represión durante la dictadura. Pero el gobierno surgido de las elecciones de junio de 1989 aprobó una ley de reconciliación nacional que incluía en su artículo 18 la destrucción de dichos archivos. Fue un ejecutivo de coalición formado por el partido de centroderecha ganador de los comicios, Nueva Democracia, y la Coalición de la Izquierda y el Progreso, que incluía al Partido Comunista (EKK).

La ley se cumplió y el 29 de agosto de 1989 se destruyeron nada menos que unos 16 millones de documentos: 5.462.263 en Macedonia y Tracia, 1,8 millones en Tesalónica, 440.000 en Patras, 485 mil en Larisa, 270 mil en Heraklion, 244 mil en Rodas, etc. Sólo se salvaron algunos expedientes de personalidades políticas y artísticas.

¿Por qué se tomó esta decisión? La destrucción se llevó a cabo en un clima de consenso político y social como una catarsis pública de olvido y reconciliación. Sólo los historiadores se manifestaron en contra. En el plano político, el PASOK fue el único partido que asumió los argumentos de los historiadores que planteaban conservar los documentos en una institución independiente e instaurar un plazo de reserva para su consulta. El resto de formaciones políticas, incluido el EKK, asumieron la destrucción como un método de reconciliación nacional. Nueva Democracia tenía miedo de reactivar los archivos; el partido comunista, que ya se había beneficiado de las medidas de reparación, compartía el temor a la vez que recelaba que esos fueran los únicos archivos organizados sobre ese periodo. Pero, además, los ciudadanos consideraban que el pasado ya estaba grabado en la memoria de la gente.

Llegados a este punto, se plantea una pregunta inquietante: ¿se puede buscar una reconciliación con el pasado mediante la destrucción de los documentos que permiten reconstruirlo? La desaparición de documentos impedirá conocer los hechos que ocurrieron y dificultará la tarea de los historiadores. Asimismo, deberíamos cuestionar igualmente la legalidad de la medida: ¿puede un gobierno democrático legislar sobre la destrucción de la información pública?

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Para saber más: Anastassiadis, Anastassios. “‟El pueblo no olvida…”, el estado sí: la destrucción de los archivos de la seguridad interior en Grecia, entre la instrumentación política, la historia y el rechazo de la violencia en democracia”. Violencias y transiciones políticas a finales del siglo XX: Europa del Sur – America Latina. Estudios reunidos por Sophie Baby, Olivier Compagnon y Eduardo González Calleja. Madrid: Casa de Velazquez: 2009.

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