ArchivAr-T

Àngels Suquet i Fontana

Directora del Archivo Municipal de Sant Feliu de Guíxols y profesora de la ESAGED

Letra capitular de un cantoral del Monasterio de Sant Feliu de Guíxols conservado en el Museo de Historia de la Ciudad AMSFG. Fondo del Ayuntamiento de Sant Feliu de Guíxols (Autor desconocido)

Letra capitular de un cantoral del Monasterio de Sant Feliu de Guíxols conservado en el Museo de Historia de la Ciudad
AMSFG. Fondo del Ayuntamiento de Sant Feliu de Guíxols (Autor desconocido)

La curiosidad, la pasión y la creatividad están presentes en muchos ámbitos de nuestra profesión, convirtiéndola en una disciplina atractiva y motivadora, con numerosas posibilidades aún por explorar. Movida por este afán, me gustaría indagar en las artes visuales desde la archivística. Si retrocedemos en el pasado, es fácil constatar que el arte y los documentos tienen una relación muy antigua. La fotografía, a lo largo de su historia, ha experimentado la influencia de la pintura y el grabado. En la realización de mapas y planos, durante siglos, la creación sirvió para representar aquello que la ciencia y la tecnología aún desconocían o no sabían representar. Así, los documentos “artísticos” muchas veces precedieron a los documentos técnicos, cuya elaboración tal y como los conocemos se desarrolló especialmente a partir de los siglos XVIII y XIX. La importancia del arte en la realización de cartografía es innegable y puede dar pie a originales propuestas. Desde la antigüedad se han elaborado, por ejemplo, mapamundis y atlas uno de cuyos máximos valores es, precisamente, el artístico. En grabado, las vistas se utilizaron para la representación del territorio, constituyendo un recurso próximo a la cartografía, y también sirvieron para documentar edificios existentes antes de la realización de levantamientos mediante planos.

La pretendida objetividad de los documentos nos ha alejado de su relación con el arte, privándonos del placer de descubrir nuevos usos y nuevas lecturas de los mismos. Más allá de los valores que tradicionalmente se atribuyen a los documentos, es decir, el valor administrativo, el jurídico y el informativo, me atrevo a proponer uno nuevo: el artístico. El valor artístico no se referiría únicamente al mérito estético que pueden tener algunos documentos, sino también al uso que se puede hacer de ellos en la creación artística. Por una parte, algunas obras resultan de la reinterpretación de documentos mediante los recursos y conceptos de las artes visuales. Por otra parte, los documentos pueden ser utilizados como referencia por los artistas.

Efectivamente, algunas propuestas con estética de arte abstracto toman como base planos reales. Jazzberry Blue o Barbara Macfarlane crean a partir de planos de diferentes ciudades del mundo. La cartografía también se puede utilizar para la realización de arte figurativo. Los retratos de Ed Fairburn parecen embebidos en las formas representadas en mapas y planos.

En cambio, en producciones como Geo-Graphique del arquitecto francés Fabrice Clapiès y las obras del vienés Friedensreich Hundertwasser, el dibujo arquitectónico y los proyectos urbanísticos se convierten en fuente de inspiración para el autor. En la exposición Cartografías contemporáneas. Dibujando el pensamiento, organizada en el año 2012, se mostraron más de 140 obras de artistas de los siglos XX y XXI cuyo objetivo era cuestionar los sistemas de representación utilizados en los mapas.

Tras esta pequeña aproximación al fascinante punto de encuentro entre arte y archivos, me parece que merecería la pena buscar fórmulas para potenciar esta fructífera relación. También me pregunto si, tal vez, estas obras no pudieran ser consideradas como una nueva clase de documentos: los “documentos visuales”.

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Un comentario en “ArchivAr-T

  1. Enhorabuena por la entrada Àngels,
    Me parece muy interesante tu reflexión, sobretodo tu apunte de que en ocasiones estas fuentes han sido las originarias y de las que se han valido artistas para obras “mayores” (pintura, arquitectura…). Muchas veces se piensa que la obra en papel tiene menor rango en su contenido (incluso artístico), por ser portátil o de un soporte más perecedero o económico. Precisamente esta mobilidad favorecía su difusión, y el posterior plasmado en obras de mayor envergadura (material, que no necesariamente artística).
    En cuanto a la propuesta de “documentos visuales” pienso que cada uno tiene un porcentaje de distintos valores (material, histórico, estético…) y poner etiquetas es poco práctico. O poner una sólo, porque parece que carzca de las otras.
    En mi sector, la restauración, es crucial comprender cómo cada uno de estos valores está presente, y tenerlo en cuenta de cara a su restauración (http://ritaudina.com/es/2014/02/10/el-valor-de-las-cosas/).
    Me ha gustado mucho tu entrada. Gracias!

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