El círculo roto

Ramón Aguilera Murguía

Director General de la Escuela Mexicana de Archivos

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El pasado 8 de marzo concluyó el “Primer Encuentro Internacional Anticorrupción. Hacia una nueva Ley de Profesionalización para el Siglo XXI”, efectuado en la Ciudad de México. El objetivo del encuentro fue analizar la iniciativa de la Ley General de Profesionalización de la Administración Pública. Una de las conclusiones de las mesas de trabajo fue que, para consolidar el servicio profesional de carrera, es necesario realizar una serie de ajustes en el interior de la administración pública para poder generar esquemas laborales que garanticen la permanencia de los funcionarios y que contribuyan a disminuir espacios de discrecionalidad en puestos claves, con el fin de reducir los actos de corrupción. De hecho, la nueva legislación en materia de combate a la corrupción prevé que existan esquemas efectivos de profesionalización.

Esta iniciativa de Ley nos lleva a reflexionar sobre la necesidad de impulsar el papel profesional del archivista como sujeto activo en la construcción de los Sistemas Nacionales de Transparencia, de Archivos y Anticorrupción.

De manera particular, el Sistema Nacional de Archivos se integra por una serie de componentes que deben interactuar fluidamente para su buen funcionamiento. Sin duda, uno de los engranajes fundamentales del sistema son los operadores del mismo. Por esta razón, la profesionalización es uno de los factores importantes para alcanzar su efectividad. Sin embargo, en el campo de los archivos mexicanos este rubro sigue siendo una de las líneas débiles.

Efectivamente, en México no se cuenta con “esquemas de profesionalización” relacionados con los archivos públicos.

El círculo de la profesionalización está roto. La actividad archivística ocupa los últimos puestos en los niveles jerárquicos de las organizaciones, con poco salario, pocas expectativas de crecimiento personal y de escalafón. Cualquiera puede ser nombrado en los pocos puestos que existen de dirección de buen nivel; no se realizan concursos de plazas, ni se exigen conocimientos. Además, se cuenta con pocas ofertas académicas de formación. Los niveles más bajos del trabajo archivístico, los de operación, siguen siendo zonas de castigo, de trabajos puente: “quédate ahí mientras te consigo algo mejor”. En otras palabras, no hay estímulo para estudiar una carrera archivística porque no tiene reconocimiento dentro del aparato burocrático.

Si no logramos crear un círculo virtuoso en este renglón, aprovechando la Ley General de Profesionalización y la futura Ley General de Archivos, donde se dé el lugar justo a la profesión archivística y se exijan personas con conocimientos y experiencia probada que quieran dedicar su vida en pro de los archivos, seguiremos fomentado un círculo roto que obstaculizará el buen funcionamiento del Sistema Nacional de Archivos.

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