Neuroinformación

Joan Carles Faus Mascarell

Archivo Municipal Administrativo de Gandia

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En un Smartphone hay más de 20 premios Nobel. No vivimos de espaldas al progreso científico, y en los próximos años la analítica automatizada, las tecnologías cognitivas y la inteligencia artificial tendrán un desarrollo considerable. Estos avances simulan la arquitectura del cerebro humano y sitúan el análisis de datos como herramientas para la toma de decisiones que, con sus innegables y casi impredecibles logros, no deberían minimizar el tradicional enfoque dialéctico, colaborativo, del progreso científico con el hombre. Tal vez en plena globalización digital y del “dataísmo” deberíamos hacer más caso de la Neurociencia.

Las neurociencias son una revolución (neurociencia, neurobiología, neurogenética, neuropolítica, neurotecnología, neurolingüística…) que redefinen radicalmente las formas de entender el cerebro y nuestras conductas, y lo que es más importante, cómo asimilamos la información. Es decir, cómo aprendemos y cómo proyectamos este bagaje a nuestro progreso, individual y colectivo. Refrescaré un par de axiomas. Llegamos a procesar unos 60.000 pensamientos al día, pero nuestro cerebro, para protegernos, rechaza la mayoría o los trata en el plano inconsciente. Únicamente llega una pequeñísima porción a nuestra consciencia, lo que realmente nos interesa y nos emociona, y de todos apenas recordamos un 5% al día siguiente. Científicamente, la comunicación efectiva no descansa en el volumen de datos y sí en cómo llegamos a percibir la información, a partir de una experiencia previa fundamentada en la confianza y nuestros valores sociales.

Los datos por sí no generan conductas sociales. En plena era del Antropoceno, podemos llegar a ser individualmente inteligentes y colectivamente estúpidos (Jorge Wagesnberg). Ya empezamos a oír voces reclamando el paso de una transparencia potencial (basada en la publicidad de datos) hacía una transparencia efectiva, es decir, que llegue a usarse por la ciudadanía, para que pueda formarse juicio y participar activamente. Por cierto, olvidan de nuevo el papel de los archivos en la ecuación.

Justamente la archivística defiende que la arquitectura informativa de una colectividad determina su comportamiento. Sabemos desde hace bastantes años que nuestro papel ya no es solo documentar bien la actividad de las organizaciones, sino contribuir decididamente a la gobernanza informativa, entendida esta como un pacto para el progreso social. La tecnología tiene un enorme potencial, y mucho mejor si la veracidad es más confiable con soluciones distribuidas como blockchain, pero no será toda la solución. Lo importante es diseñar y mantener modelos útiles, próximos, sostenibles, para comunicar e interpretar la información, y conectarla de un sujeto a otro.

¿Neuroinformación? No lo sé como nueva disciplina, pero sí como convergencia de varias tradiciones científicas: la archivística, por supuesto, la organizacional, la epistemológica social, la conductual, también la computacional… En cualquier caso, el procesamiento distribuido de la información ha de ser uno de los conceptos más fecundos dentro de la hipotética Neuroinformación del siglo XXI. Los archivos tienden a superar el enfoque micro –la información me ayuda a mí– hasta consensuar un entorno común: interpretar y construir conocimiento como patrón de nuestra conducta. Navegar por datos abiertos vale de bien poco si no somos capaces de utilizar la información de una manera consciente, colectivamente responsable. Necesitamos potenciar comunidades “conectinformadas” que construyan actuaciones sobre los estímulos del “dataísmo”. La ciencia viene apuntalando la inversión en “red” de Archivos, con profesionales a la vanguardia de la sociedad informacional que define Manuel Castells (más allá de la tecnología y lejos de Cultura). Creo que es una de las vías más claras y racionales para alcanzar una verdadera sinapsis democrática. La ciudadanía debe saberlo; tiene que exigirlo. Para no sentirnos dominados por la “postverdad” o que los robots nunca lleguen a reconocer a las minorías.

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