Borrados

Joan Pérez Ventayol

Doctor en Historia Contemporánea y Coordinador de formación continua de la ESAGED

Sinagoga en Brody, Ucrania

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Reflexionar sobre la doble desaparición sufrida por las comunidades judías de Galitzia -la física, a consecuencia del exterminio nazi, y la de memoria, durante el período soviético y en la Ucrania actual- me remite a las aportaciones sobre políticas de memoria y archivos de Graciela Karababikian. Karababikian, profesora del curso Archivos y Derechos Humanos. Aprendizajes internacionales en contextos de (post)conflicto de la ESAGED-UAB, habla del concepto de transmisión. Transmisión de valores, de culturas, de hechos y de recuerdos colectivos, procesos donde el archivo juega un rol esencial, ya que se convierte en el medio a través del cual se puede precisar que algo sucedió.

En los territorios que han sufrido casos graves de guerra, violencia extrema y genocidio, la transmisión de lo sucedido y la memoria de los que lo padecieron tienen que valerse de todos los recursos para dejar constancia de los atropellos. Donde ya no quedan evidencias de lo sucedido el recuerdo se pierde. La memoria es frágil, y la destrucción intencionada y premeditada de pruebas y certezas puede llegar a ser, en contextos políticos adversos o contrarios, casi total.

Esto está ocurriendo en la antigua Galitzia, región históricamente disputada y de relaciones étnicas complejas de Europa oriental. El catedrático de historia Omer Bartov, en un trayecto biográfico de retorno a la tierra de su familia materna, parte de ella engullida por la violencia de décadas anteriores, igual que la inmensa parte de comunidades judías de la zona, lo plasma perfectamente en su libro Borrados. El propósito de su viaje no es conocer cómo mataron a los judíos, sino cómo vivieron y cómo murieron las víctimas, conocer sus testimonios, encontrar su memoria en la tierra que vivieron y compartieron. Pero en la región de sus antepasados ya no había posibilidad de reconstrucción. El olvido forzoso y la reescritura del pasado hecha desde el presente habían destruido las antiguas comunidades, enterradas por nuevas estructuras de acuerdo con los intereses ideológicos soviéticos primero y, después, según una única narrativa nacional y nacionalista ucraniana.

Este rompimiento de la transmisión de la vida y muerte de la comunidad judía de Galitzia se concreta en unas constantes que se repiten en pueblos y ciudades de la región, que contaron con una fuerte presencia de comunidades antes de la guerra y donde hoy apenas quedan judíos. Antiguas sinagogas derruidas, abandonadas o reconvertidas en instalaciones al lado de iglesias recuperadas y embellecidas después del comunismo. Rótulos y letreros de tiendas tapados. Cementerios abandonados, que sirven de pasto para los rebaños o son mercados al aire libre. Lugares de nacimiento de importantes personajes o escritores judíos ignorados. Museos con una parte insignificante dedicada a colecciones judaicas en ciudades que habían tenido el 45% de población de esta confesión. Monumentos dedicados a las víctimas del nazismo o del comunismo sin identificar las comunidades que más sufrieron, sustituidas en muchos casos por supuestos héroes de guerra. Ninguna indicación de los terribles pogromos y las masacres que tuvieron lugar allí o de las fosas comunes existentes en los bosques próximos -el genocidio no solo se perpetró en los campos de exterminio. Ningún registro de las víctimas ni de sus propiedades. Menciones anecdóticas del pasado judío en las guías turísticas.

La visita a uno de los archivos de la zona pone de manifiesto como éste forma parte del conflicto, contiene el conflicto. Los archivos desempeñan un papel fundamental en las políticas de reparación, de lucha contra la impunidad y en la promoción de políticas de memoria, pero en este caso el director del centro se mostró preocupado por los documentos solicitados por Bartov. Los supervisó concienzudamente. Su preocupación era sobre si se estaba buscando información de propiedades judías objeto de posibles reclamaciones, o por si se descubrían documentos de la colaboración ucraniana en el genocidio de los nazis, cosa que le llevó a impedir la consulta de algunos expedientes (pg. 180). Como dice la profesora Graciela Karababikian, el archivo se convierte en garante de la memoria y la transmisión, pero el acceso a su contenido no siempre se pone al servicio de esta finalidad, a veces reforzando, incluso, el borrado premeditado de una comunidad entera de su territorio.

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