Datos y tecnología. De la Infoxicación al Feng Shui

Lorenzo Pérez Sarrión

Secretario General del Pleno del Ayuntamiento de Gandia y colaborador de la ESAGED

90759361

Cualquier persona crítica y con criterio -potencialmente muchos, en la práctica no cualquiera-  no alberga hoy demasiadas dudas acerca de una realidad -una más- derivada de la expansión colonial que el uso de las nuevas tecnologías ha impuesto en todos los ámbitos de la sociedad. Algo que un neologismo (aceptado en Wikipedia, que no en la Real Academia Española de la Lengua) ilustra adecuadamente: Infoxicación.

Es tal la cantidad de datos e información que circula por las redes (y esto no ha hecho más que empezar) que estamos ante una sobrecarga real y constatable, de información. Que en muchas ocasiones está repetida cuando no clonada; copiada cuando no plagiada; transcrita cuando no alterada; organizada o desestructurada; ergonómica o inaccesible.

Ante ello no es infrecuente una contradictoria reacción de agorafobia, al tiempo que una cierta opresión que contrae el libre albedrío de mis neuronas a la hora de discernir la realidad y su contexto.

Me siento agarrotado. Es como aparcar un coche en una gran superficie abierta: resulta complicado, nos faltan referencias, acotar el espacio en el que movernos. Resulta esencial conocer bien las dimensiones y medidas del campo de juego, acotar el marco de actuación, para poder adaptarnos al terreno.

La evolución/revolución digital es el instrumento más poderoso jamás soñado para difundir y compartir información. Eso es obvio. Y no tiene vuelta atrás. Y es un activo, con enorme potencial (inimaginable por desconocido). Pero hay que gobernarlo (de gobernanza) para que sea un instrumento adecuado y adaptado para las personas. Porque además de sueños, existen pesadillas.

Pero también es un medio para uniformizar y aplanar la conciencia crítica, factor éste diferencial y definidor del género humano.

El consumo de información, en cualquiera de sus vertientes y formas -generalmente atractivas y en ocasiones, perversas- fue preconizado como un riesgo real para las personas, ya hace varias décadas, por alguien tan crítico e irreductible con las amenazas sociales para con el individuo libre, como el provocador y controvertido Pasolini[1].

Y eso que el pensador e instigador italiano apenas se refería al emergente papel que en ello jugaba -en una partida ganada de antemano- la televisión, en el castrante marco de la presión por parte de los cada vez más poderosos mass media.

Toda una visión utópica contra el consumismo alienante y uniformizador (mucho tiempo después se hablaría de globalización). ¿Ingenuo?, ¿visionario?, ¿qué reflexión le movería ahora, en tiempos de bits secuenciados, dispositivos localizadores y de control espacio-temporal o de cristales líquidos que piensan y toman decisiones por nosotros?

Quizás va siendo hora de desconectarnos un momento, de regalarnos un espacio para pensar –unplugged– de dónde venimos, a dónde vamos -ya sé, lo de siempre, suena algo “viejuno”-. Pero es que debemos reivindicar el privilegio que nos define como personas, y quizás hacer un pequeño standby, cuando no un reset, a modo de reto a nosotros mismos para exigirnos preguntas y plantearnos respuestas.

Desde el punto de vista de los datos y de la información que éstos aportan (big data, open data, classified data, n data, censured data…), tampoco consta que tengamos protocolizado, ni mucho menos consensuado, al menos en las administraciones públicas -especialmente las locales- el proceso de entrada y salida de datos en cuya atmósfera respiramos a diario. Y pese a todo, seguimos, mal que bien, funcionando.

Quizás sea tiempo de tomarse un respiro, de escuchar cómo crece la hierba, disfrutar de forma consciente de un atardecer o una tormenta, de saborear un café amargo mirando a los ojos de nuestro contertulio, o gozando del silencio reivindicado, últimamente tan necesario. Hay demasiado ruido.

Aunque no estoy muy seguro de que eso sea posible si no somos capaces de tomar pequeñas decisiones individuales, en el día a día de tecnologías, avatares y realidades virtuales.

Quizás a ello puedan ayudar las antiguas técnicas orientales del feng shui, buscando de nuevo la armonía en lo simple, pero conscientes, por ello, del valor de lo complejo, traduciendo al orden de las personas el desorden de la información, de los datos del tecno-contexto. Diferenciando entre fines y medios.

Al menos pensemos en ello. Algo habremos adelantado.

E inmediatamente después volvamos, de otra manera, a conectarnos.

 

 

[1] Escritos Corsarios. P.P. Pasolini. Editorial: DEL ORIENTE Y DEL MEDITERRÁNEO. 2009

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